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domingo, 16 de septiembre de 2018

Cuando se congeló el tiempo

Ocurrió un amanecer de septiembre, sobre las cinco de la mañana. No dormí nada en toda la noche y soñé con una camilla de hospital y tus manos hinchadas y heladas. Yo sólo repetía: abuelo, ¿por qué estás tan frío, por qué estás tan frío? Tú me soltabas la mano despacio y te emborronabas como una acuarela empapada por el agua. De repente me desperté en la cama de mi hermano con una anguila retorciéndose en mi corazón, pero el mundo en calma. Cuando pensaba que todo había sido sólo un mal sueño, una cena pesada, la incertidumbre clavándose en mi centro como un puñal, sonó el teléfono. Las cinco y diez: la hora exacta en la que se congeló el tiempo. Y yo, que no sabía que acababas de despedirte de mí para siempre,  salí fuera y fumé y fumé en la terraza, pidiéndole al cielo que no te llevara, envuelta en una manta de cuadros como un rollito de primavera sentada en una silla de playa.


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