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viernes, 30 de diciembre de 2011

Sprint final


...
Me quedo sin fuerzas, no aguanto más.
¿Quién me mandaría a mi colocarme en la línea de salida?
Nadie, no me lo mandó nadie.
Corre.

Nadie me dijo, ''ehh, apúntate, llegarás la primera''. No. Fui yo la que dio el paso, la que empezó la carrera... y soy yo la que no va a pararse hasta llegar a la meta.
Corre más rápido.

Una señora cuarentona me adelanta por la izquierda. Salto un charco. Subo un bordillo. 
Sudando. Respirando.
NO TE PARES.

Aguanto sólo dos segundos más. Trescientos cuervos envuelven mi mente con sus alas negras, me hacen cosquillas en las conexiones de mi cerebro y picotean mis últimas fuerzas. Enormes manchas de tinta empapan mis ojos, los tobillos me fallan y ruedo por el suelo. No duele, no siento nada. Es el asfalto más blando del mundo, parece fabricado con algodón negro brillante.
Lo único que me atraviesa como un cuchillo es la idea de no terminar la carrera; 
46 metros son poquísimos.


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